Salió del cine poco antes de que se encendiesen las luces. Se abotonó la gabardina, abrió el paraguas y caminó entre la gente. Las farolas se reflejaban en los charcos de agua. Todo eran pisadas húmedas y rostros mojados. Y miradas veloces. Nadie reparaba en él. Exactamente la sensación que le habían descrito. Frío e indefensión. Tengo que regresar, pensó. Y así lo hizo.

bairesDe camino a la sala, alguien le reconoció. Apretó el paso pero la mujer terminó abordándole. Escuchó con paciencia y educación. Se equivoca usted, señora. No, no soy el actor. Siento decepcionarla. No se preocupe. Buenas noches.

Estuvo de vuelta en el cine veinte minutos después de la conversación con la mujer. La sesión ya había terminado. El local estaba cerrado. No obstante, atravesó la puerta principal. Todo estaba vacío y en silencio. Guiándose por las luces de emergencia, se dispuso a entrar en la sala. Miró hacia la pantalla y luego hacia el proyector apagado. Un atisbo de tristeza le iluminó el gesto. Y entonces desapareció.

Al día siguiente, alguien volvió a pronunciar su nombre por los altavoces.

La nueva serie de Showtime cumple las expectativas y se convierte en el estreno más prometedor de la temporada.

Uno de los debuts televisivos más esperados de este 2013 era, sin duda, Masters of Sex, serie basada en la biografía de Thomas Maier sobre dos pioneros en el estudio de la sexualidad humana, el doctor William Masters y su colega Virginia Johnson. La cadena Showtime (Homeland, Dexter, Shameless) estrenaba ayer domingo el capítulo piloto de esta nueva ficción protagonizada por Michael Sheen (The Queen, Frost/Nixon) y Lizzy Caplan (Despedida de soltera) como la revolucionaria pareja protagonista. Masters y Johnson estudiaron, desde 1957 hasta la década de los 90, tanto la fisiología como la psicología de la sexualidad y, por primera vez –a diferencia de los famosos informes Kinsey–, sus análisis no se basaban en entrevistas sino en la observación directa y medición de las conductas sexuales de los cientos de voluntarios que reclutaron para los experimentos. Masters of Sex nos sitúa en los albores de la investigación, en las dificultades e impedimentos que sufrió la iniciativa –muy escandalosa para la época– y en el preludio de la relación personal entre el prestigioso ginecólogo (Masters) y la trabajadora social (Johnson).

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Así pues, la serie está ambientada (magníficamente, por cierto) en la Norteamérica de finales de los años 50, cuando la mujer tenía como únicas opciones ser florero o secretaría. Estamos en la era Eisenhower y la liberación sexual tendrá que esperar hasta los movimientos contraculturales de los años 60. En esa época, alguien como Virginia Johnson (Caplan) –divorciada en 2 ocasiones, madre soltera de dos niños y muy dueña de sus propios apetitos– debía ser una rara avis entre las de su especie. No es ilógico que el doctor Masters (Sheen), interesado científicamente en los hábitos coitales de sus semejantes, se fijara en esta joven librepensadora y avanzada a su tiempo. Ambos fuerzan el encuentro y no tardan en convertirse en un tándem inseparable. No obstante, William está casado y empeñado en tener hijos con su esposa Libby (Caitlin Fitzgerald), una mujer más convencional que vive en un estado de culpa perpetuo al creerse responsable de los problemas de fertilidad que sufre el matrimonio –en realidad, el miembro estéril de la pareja es el propio William Masters, quien sabedor oculta cruelmente esta información a su cónyuge–. Virginia, por su parte, tras dos uniones fallidas, prefiere la compañía de amantes, como la del doctor residente Ethan Haas (Nicholas D’Agosto), que se enamora sin poderlo evitar de la emancipada secretaria del doctor Masters.

Todo está listo y preparado para que Showtime tenga su propio Mad Men. Y es que aunque las comparaciones son odiosas, en algún que otro caso resultan inevitables: los años 50, hombres con éxito profesional, mujeres precursoras, tensión sexual en el trabajo e idéntico ritmo narrativo. Por si fuera poco, la serie cuenta con la experta mano de los directores Jennifer Getzinger y Phil Abraham, responsables de la puesta en escena de algunos de los mejores episodios de Mad Men (“The Suitcase”, “The Other Woman”…). Y para redondear la propuesta, Showtime ha solicitado la colaboración de cineastas de renombre, como John Madden (Shakespeare in love, El exótico Hotel Marigold), que se ha hecho cargo del capítulo piloto, o Michael Apted (Gorilas en la Niebla, Nell), y de autores consagrados, como el escritor Michael Cunningham, ganador del premio Pulitzer por la novela Las horas, que firma uno de los guiones de esta primera temporada.

Sin embargo, la verdadera responsable de Masters of Sex es la guionista y productora Michelle Ashford (The Pacific y John Adams) que, a juzgar por los primeros episodios, podría aspirar a ocupar un puesto de honor en la lista de grandes creadores de ficción dramática para televisión (Matthew Weiner, Vince Gilligan, David Simon, Alan Ball, David Chase, Aaron Sorkin…), hoy por hoy, en su mayoría hombres. Como la audaz protagonista de Masters of Sex, Ashford sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. El arranque de la serie es sin duda modélico aunque, en mi opinión, algo falto de sutileza e ironía, y muy limitado en sus posibles líneas argumentales. Pero contiene buenas dosis de humor, drama, conflictos propios de la época, ingeniosos diálogos, secundarios de lujo –Beau Bridges (Cinco hermanos), Allison Janney (El ala oeste de la Casa Blanca), Margo Martindale (Justified, The Americans y https://www.cerrajerossantiagodecompostela.es) o Ann Dowd (Compliance)–, dos protagonistas perfectamente ajustados a sus papeles –en especial Lizzy Caplan, que es puro carisma– y el toque morbosillo a cargo del erotismo –no podría llamarlo sexo aunque quisiera– de los esforzados voluntarios, entre los que destaca la maravillosa Annaleigh Ashford como la prostituta Betty DiMello, toda una “robaescenas”.

En definitiva, Masters of Sex cumple en sus primeros episodios las expectativas depositadas en ella, se convierte en el estreno más prometedor de la nueva temporada televisiva, y aspira a divertirnos y conmovernos con los descubrimientos de una pareja que hizo de la ruptura de los tabúes una causa necesaria.

I

Presentaron el descubrimiento ante la comunidad científica internacional. Y el acontecimiento fue un rotundo y celebrado éxito. Sin embargo, ante la opinión pública, sobre todo al principio, el concepto de cine genético no pareció causar la misma impresión. Quizás por desconocimiento ante las posibilidades que dicho concepto ofrecía.

cientificos

En sus experimentos, los doctores Newman y Green filmaron con los nuevos materiales una maceta en la que acababan de insertar semillas de aralia, los instaladores de gas en Madrid habían hecho bien su trabajo. El tiempo de exposición fue de dos horas y los Cerrajeros Ferrol baratos estaban ya desesperados.

Tras la grabación se realizaron los costosos procesos de tratamiento y edición genética del material filmado obteniéndose finalmente los rollos de película.

El siguiente paso fue abordar la proyección continua del material tratado y el resultado fue extraordinario. La película mostraba el crecimiento en tiempo real de la planta cuya semilla fue filmada.

II

“¿Es que realmente no veis las posibilidades? ¿El cine genético con animales? ¿Con seres humanos? ¿Filmar películas a partir de unos determinados personajes que evolucionen en pantalla, a su libre albedrío, sin guiones ni dirección de actores? ¿Un Gran Hermano virtual de seres inexistentes creados por el hombre a su imagen y semejanza?

¿Es que no veis que tenemos al alcance de la mano la posibilidad de ser el Dios de estas criaturas?”.

Comenzó la película con un individuo que situaba una silla frente a la cámara y se sentaba. Y así permanecía, en silencio, mirando a los ojos a cada uno de los espectadores que estábamos en la sala. Parecía como si nos conociese. Como si realmente se adentrase en el pensamiento de cada uno de los presentes.

Rompió el silencio pronunciando un nombre que no era el mío. Pero yo sabía que se dirigía a mí. Todos lo sabíamos. A continuación dictó sus órdenes. Instrucciones claras y concisas que había que obedecer. Finalmente se levantó, cogió la silla y desapareció de la pantalla por donde había venido.

Aparecieron los títulos de crédito, se encendieron las luces y salimos a la calle. Cada uno por su lado. Sin comentar nada. Sin mirarnos. Siendo plenamente conscientes de la misión que debíamos ejecutar.

Reconozco que ‘United 93’ de Paul Greengrass es una película que puede no gustar. Hay una parte del metraje en la que se hace uso de un lenguaje demasiado técnico, de terminología que a un controlador aéreo le puede sonar familiar, pero que a mí me llegó a cansar un poco. Cierto.

Pero después de ver la película, si alguien me pregunta dónde estaba yo aquel once de septiembre de 2001, tendría que pensármelo dos veces antes de responder que estaba tomando un menú del día en con un tecnico , en un restaurante cerca del parque del Retiro.

Porque si algo consigue este film es trasladarte en el tiempo. Vivir como si fuera la primera vez los impactos contra las torres de Manhattan.

Pero hay algo que me sorprendió aún más y que está motivado en parte por la historia, por la memoria colectiva. Pero también por el director y el excelente trabajo en la sala de montaje.

Es digno de mención que los últimos veinte minutos del film sean los más emocionantes que yo recuerde en años en una sala de cine. Que conociendo de antemano el desenlace estuviésemos allí, en la sala, a oscuras, animando internamente a los protagonistas, entre esperanzados y desolados. Haciendo nuestra la convicción de que era posible otro final.

Así es. Allí estábamos. Luchando y llorando con ellos.

“Aunque os parezca mentira, la gente no sabía soñar hasta que TIBE lanzó la primera versión de la DRM Cam hace ya más de seis décadas. Antes de esto, hasta finales del siglo pasado la mayoría de los sueños eran desordenados y caóticos. Sin hilo argumental perceptible. De una calidad cromática pésima. Sin sonido. Y lo que es peor, no podían ser registrados.

Desde ese primer lanzamiento de la DRM Cam hasta nuestros días, podemos identificar tres importantes líneas de actuación que nos han permitido alcanzar el momento crucial de este movimiento en el que nos hallamos inmersos:

a) Se han ido perfeccionando los equipos tecnológicos. Hoy día, la grabación y edición de sueños está al alcance de cualquier usuario doméstico.

b) De la mano de la tecnología y de la ciencia de la relajación, hemos avanzado de manera exponencial en la línea del aprendizaje onírico. Esta vía fundamental (incluida en los planes de estudios) es la que nos ha permitido sacar el máximo partido a nuestra capacidad de soñar. Manejar el sueño y no que el sueño nos maneje a nosotros. Como en todo movimiento ideológico o artístico, hay gente a favor de esta línea (realistas) y gente en contra (surrealistas). De ambas vertientes hablaremos en próximas sesiones.

c) Por último, durante los últimos veinte años y mediante campañas avanzadas de marketing, hemos conseguido llegar a un elevado número de personas a nivel mundial. Esto ha sido posible gracias a la creación de festivales específicos de sueños filmados (como el de París o el de Amsterdam). Sin menospreciar el apoyo por parte de las instituciones públicas. Y, por supuesto, no debemos olvidarnos de la línea transgresora acaecida en la industria del cine con la incorporación de galardones y premios al Mejor Sueño Filmado en citas importantes como los Oscar o Cannes.”

Nos contó la anécdota en petit comité, de madrugada y una vez que sus interlocutores andábamos escasos de prejuicios por el vino.

Aprovechó un momento al azar, una tos, un bostezo para comenzar la historia. Terrible historia. Aquella sonrisa en su rostro al ir recordando los acontecimientos nos resultó del todo incomprensible. Se sentía orgulloso y presumía de ello, por eso nos lo contaba, nos llegó a decir.

Tras terminar, y ante nuestras reacciones de absoluto rechazo, nuestros incómodos silencios y nuestras miradas incrédulas, defendió su decisión alegando su desbordante cinefilia. Su absoluto y sincero amor por el séptimo arte.

El hecho era que aquella noche en que invitó a su madre al cine, la buena mujer sufrió un infarto de miocardio diez minutos antes de finalizar la película. Él se percató del hecho. Vio de reojo sus espasmos en la sombra y escuchó sus gemidos. En último término, sintió su quietud, pero en ningún momento hizo nada por ayudarla. Tan sólo mantuvo su mirada fija sobre la pantalla.

Y no lloró la muerte de su madre, nos confesó, hasta que no acabaron los títulos de crédito.

Cuando las nubes del cielo parecen tortugas

Todo comenzó en aquel almacén a las afueras. Durante dos semanas un señor con barba al que todos llamaban de usted organizó castings de productores, de actores, de actrices, de técnicos, de fotógrafos, de directores, de músicos. No había guión ni pasta. Solo gente, mucha gente, y muchas ganas.

Pasadas esas dos semanas, desapareció para siempre el señor con barba, y el productor que fue finalmente seleccionado reunió a todo el personal que iba a participar en el rodaje. Una vez realizadas todas las tareas administrativas y de localización, solo en ese momento, decidieron entre todos buscar al guionista. El maestro que debía encajar con sabiduría y precisión todas las piezas del rompecabezas.

Recorrieron toda la ciudad en su busca. No quedaron bares ni clubes de alterne sin registrar. Preguntaron en todas las comisarías y revisaron todos los bancos de los parques. Uno de los actores secundarios incluso puso un anuncio en la radio y otro en la televisión, buscaron en las atenciones de antenistas en Murcia. Nada. Ni rastro.

Ya parecía que tendrían que suspender el rodaje, cuando un incauto que había escuchado la oferta en las ondas se presentó voluntario. Era feo como un demonio, pero alegaba que su fealdad era exterior. Que su belleza estaba en el interior, concretamente en el estómago. Miró a todos con sus ojos de rata y haciendo de tripas corazón, escribió un primer boceto de noventa páginas que hizo llorar al electricista. Este hecho provocó que el productor decidiese comenzar con el rodaje de inmediato.

Se pusieron manos a la obra. No había tiempo que perder. Y en verdad que así fue. En solo tres semanas colgaron el teaser en el youtube que fue récord de visitas durante treinta días consecutivos. Era tal la expectación, que en la meca del cine empezó a correrse la voz acerca de una película que iba a ser un auténtico revienta taquillas.

Así las cosas, llegó el día del estreno. Esa misma mañana, el guionista feo decidió que la película se llamara: ‘Cuando las nubes del cielo parecen tortugas, la tormenta se diluye’. El productor decidió quitar la última parte del título, por lo que el film acabó llamándose: ‘Cuando las nubes del cielo parecen tortugas’. Sin duda un acierto porque no hay nada como dejar los finales abiertos. Mano de santo.

La película, no podía ser de otra manera, fue un rotundo y completo éxito de crítica y público. ‘Esta gente sabía lo que se hacía’ o ‘El mejor drama escrito por un feo’ eran los titulares que facilitaban los primeros teletipos. Los vendedores ambulantes de kleenex se agolpaban a la salida de los cines porque todo el mundo lloraba viendo la película. Hubo quienes repetían una y otra vez. Daba igual. Siempre terminaban llorando. Era imposible de evitar. Y se daba la circunstancia de que uno lagrimeaba viendo la película, pero a la vez era feliz. Quizás las frases más repetidas a la salida eran ‘qué mundo más bonito’ y la réplica ‘pues sí que es bonito, sí’.

Pasaron los días. No se sabe muy bien a quién, pero a alguien (hay quienes hablan de un señor con barba) se le ocurrió la idea de organizar un pase privado de la película para todos los mandatarios de todos los países del mundo. Y todos aceptaron, porque, si bien ninguno de ellos la había visto aún, siempre había alguien cercano que sí lo había hecho y que se lo recomendaba con fervor.

Hubo discrepancias con las fechas y ubicaciones propuestas por Oriente y por Occidente pero al final llegaron a un acuerdo: la proyección tendría lugar durante la noche que va del treinta de junio al uno de julio. El lugar elegido: la Antártida.

Y llegó el día y allí estaban todos. No faltó ni uno. Puntuales con sus relojes de oro. Y se apagaron las luces. Y empezó la película. La emoción, como siempre, se cortaba con cuchillo. Los primeros sollozos llegaron relativamente pronto. Hay que señalar aquí que el protocolo prohibía explícitamente llorar delante de otros mandatarios. Por eso las lágrimas se hicieron de rogar. Luchas diplomáticas internas las retrasaron. Pero llegaron. Vaya si llegaron. Y se miraban de reojo los políticos, incómodos, pero aliviados al ver que al que tenían al lado también le brillaba la mejilla. Y al sentirse cada vez más tranquilos, más cómodos con las lágrimas propias y ajenas, se desbordaron. Y lloraron como niños pequeños.

Terminó la proyección, se encendieron las luces y nadie pronunció palabra. Allí estaban. Mirándose los unos a los otros. Con los ojos rojos, pero felices. Esa misma noche, regresó cada uno a su país de origen.

Y a partir de la mañana siguiente, el mundo cambió. Porque lo que comenzó en aquel almacén a las afueras había conseguido cambiar a las personas.