Nos contó la anécdota en petit comité, de madrugada y una vez que sus interlocutores andábamos escasos de prejuicios por el vino.

Aprovechó un momento al azar, una tos, un bostezo para comenzar la historia. Terrible historia. Aquella sonrisa en su rostro al ir recordando los acontecimientos nos resultó del todo incomprensible. Se sentía orgulloso y presumía de ello, por eso nos lo contaba, nos llegó a decir.

Tras terminar, y ante nuestras reacciones de absoluto rechazo, nuestros incómodos silencios y nuestras miradas incrédulas, defendió su decisión alegando su desbordante cinefilia. Su absoluto y sincero amor por el séptimo arte.

El hecho era que aquella noche en que invitó a su madre al cine, la buena mujer sufrió un infarto de miocardio diez minutos antes de finalizar la película. Él se percató del hecho. Vio de reojo sus espasmos en la sombra y escuchó sus gemidos. En último término, sintió su quietud, pero en ningún momento hizo nada por ayudarla. Tan sólo mantuvo su mirada fija sobre la pantalla.

Y no lloró la muerte de su madre, nos confesó, hasta que no acabaron los títulos de crédito.

Cuando las nubes del cielo parecen tortugas

Todo comenzó en aquel almacén a las afueras. Durante dos semanas un señor con barba al que todos llamaban de usted organizó castings de productores, de actores, de actrices, de técnicos, de fotógrafos, de directores, de músicos. No había guión ni pasta. Solo gente, mucha gente, y muchas ganas.

Pasadas esas dos semanas, desapareció para siempre el señor con barba, y el productor que fue finalmente seleccionado reunió a todo el personal que iba a participar en el rodaje. Una vez realizadas todas las tareas administrativas y de localización, solo en ese momento, decidieron entre todos buscar al guionista. El maestro que debía encajar con sabiduría y precisión todas las piezas del rompecabezas.

Recorrieron toda la ciudad en su busca. No quedaron bares ni clubes de alterne sin registrar. Preguntaron en todas las comisarías y revisaron todos los bancos de los parques. Uno de los actores secundarios incluso puso un anuncio en la radio y otro en la televisión, buscaron en las atenciones de antenistas en Murcia. Nada. Ni rastro.

Ya parecía que tendrían que suspender el rodaje, cuando un incauto que había escuchado la oferta en las ondas se presentó voluntario. Era feo como un demonio, pero alegaba que su fealdad era exterior. Que su belleza estaba en el interior, concretamente en el estómago. Miró a todos con sus ojos de rata y haciendo de tripas corazón, escribió un primer boceto de noventa páginas que hizo llorar al electricista. Este hecho provocó que el productor decidiese comenzar con el rodaje de inmediato.

Se pusieron manos a la obra. No había tiempo que perder. Y en verdad que así fue. En solo tres semanas colgaron el teaser en el youtube que fue récord de visitas durante treinta días consecutivos. Era tal la expectación, que en la meca del cine empezó a correrse la voz acerca de una película que iba a ser un auténtico revienta taquillas.

Así las cosas, llegó el día del estreno. Esa misma mañana, el guionista feo decidió que la película se llamara: ‘Cuando las nubes del cielo parecen tortugas, la tormenta se diluye’. El productor decidió quitar la última parte del título, por lo que el film acabó llamándose: ‘Cuando las nubes del cielo parecen tortugas’. Sin duda un acierto porque no hay nada como dejar los finales abiertos. Mano de santo.

La película, no podía ser de otra manera, fue un rotundo y completo éxito de crítica y público. ‘Esta gente sabía lo que se hacía’ o ‘El mejor drama escrito por un feo’ eran los titulares que facilitaban los primeros teletipos. Los vendedores ambulantes de kleenex se agolpaban a la salida de los cines porque todo el mundo lloraba viendo la película. Hubo quienes repetían una y otra vez. Daba igual. Siempre terminaban llorando. Era imposible de evitar. Y se daba la circunstancia de que uno lagrimeaba viendo la película, pero a la vez era feliz. Quizás las frases más repetidas a la salida eran ‘qué mundo más bonito’ y la réplica ‘pues sí que es bonito, sí’.

Pasaron los días. No se sabe muy bien a quién, pero a alguien (hay quienes hablan de un señor con barba) se le ocurrió la idea de organizar un pase privado de la película para todos los mandatarios de todos los países del mundo. Y todos aceptaron, porque, si bien ninguno de ellos la había visto aún, siempre había alguien cercano que sí lo había hecho y que se lo recomendaba con fervor.

Hubo discrepancias con las fechas y ubicaciones propuestas por Oriente y por Occidente pero al final llegaron a un acuerdo: la proyección tendría lugar durante la noche que va del treinta de junio al uno de julio. El lugar elegido: la Antártida.

Y llegó el día y allí estaban todos. No faltó ni uno ni  el de la reparacion de frigorificos en Madrid. Puntuales con sus relojes de oro. Y se apagaron las luces. Y empezó la película. La emoción, como siempre, se cortaba con cuchillo. Los primeros sollozos llegaron relativamente pronto. Hay que señalar aquí que el protocolo prohibía explícitamente llorar delante de otros mandatarios. Por eso las lágrimas se hicieron de rogar. Luchas diplomáticas internas las retrasaron. Pero llegaron. Vaya si llegaron. Y se miraban de reojo los políticos, incómodos, pero aliviados al ver que al que tenían al lado también le brillaba la mejilla. Y al sentirse cada vez más tranquilos, más cómodos con las lágrimas propias y ajenas, se desbordaron. Y lloraron como niños pequeños.

Terminó la proyección, se encendieron las luces y nadie pronunció palabra. Allí estaban. Mirándose los unos a los otros. Con los ojos rojos, pero felices. Esa misma noche, regresó cada uno a su país de origen.

Y a partir de la mañana siguiente, el mundo cambió. Porque lo que comenzó en aquel almacén a las afueras había conseguido cambiar a las personas.