La anécdota

Nos contó la anécdota en petit comité, de madrugada y una vez que sus interlocutores andábamos escasos de prejuicios por el vino.

Aprovechó un momento al azar, una tos, un bostezo para comenzar la historia. Terrible historia. Aquella sonrisa en su rostro al ir recordando los acontecimientos nos resultó del todo incomprensible. Se sentía orgulloso y presumía de ello, por eso nos lo contaba, nos llegó a decir.

Tras terminar, y ante nuestras reacciones de absoluto rechazo, nuestros incómodos silencios y nuestras miradas incrédulas, defendió su decisión alegando su desbordante cinefilia. Su absoluto y sincero amor por el séptimo arte.

El hecho era que aquella noche en que invitó a su madre al cine, la buena mujer sufrió un infarto de miocardio diez minutos antes de finalizar la película. Él se percató del hecho. Vio de reojo sus espasmos en la sombra y escuchó sus gemidos. En último término, sintió su quietud, pero en ningún momento hizo nada por ayudarla. Tan sólo mantuvo su mirada fija sobre la pantalla.

Y no lloró la muerte de su madre, nos confesó, hasta que no acabaron los títulos de crédito.