Salió del cine poco antes de que se encendiesen las luces. Se abotonó la gabardina, abrió el paraguas y caminó entre la gente. Las farolas se reflejaban en los charcos de agua. Todo eran pisadas húmedas y rostros mojados. Y miradas veloces. Nadie reparaba en él. Exactamente la sensación que le habían descrito. Frío e indefensión. Tengo que regresar, pensó. Y así lo hizo.

bairesDe camino a la sala, alguien le reconoció. Apretó el paso pero la mujer terminó abordándole. Escuchó con paciencia y educación. Se equivoca usted, señora. No, no soy el actor. Siento decepcionarla. No se preocupe. Buenas noches.

Estuvo de vuelta en el cine veinte minutos después de la conversación con la mujer. La sesión ya había terminado. El local estaba cerrado. No obstante, atravesó la puerta principal. Todo estaba vacío y en silencio. Guiándose por las luces de emergencia, se dispuso a entrar en la sala. Miró hacia la pantalla y luego hacia el proyector apagado. Un atisbo de tristeza le iluminó el gesto. Y entonces desapareció.

Al día siguiente, alguien volvió a pronunciar su nombre por los altavoces.