Comenzó la película con un individuo que situaba una silla frente a la cámara y se sentaba. Y así permanecía, en silencio, mirando a los ojos a cada uno de los espectadores que estábamos en la sala. Parecía como si nos conociese. Como si realmente se adentrase en el pensamiento de cada uno de los presentes.

Rompió el silencio pronunciando un nombre que no era el mío. Pero yo sabía que se dirigía a mí. Todos lo sabíamos. A continuación dictó sus órdenes. Instrucciones claras y concisas que había que obedecer. Finalmente se levantó, cogió la silla y desapareció de la pantalla por donde había venido.

Aparecieron los títulos de crédito, se encendieron las luces y salimos a la calle. Cada uno por su lado. Sin comentar nada. Sin mirarnos. Siendo plenamente conscientes de la misión que debíamos ejecutar.